.::PARASIEMPRE::. (CUENTO) [texto reciclado feb2010]

Era Domingo de Ramos y hacía un calor insoportable. Ella fue, y todavía sigue siendo, la mujer mas bella que yo hubiera visto en mi vida. Yo estaba arrellanado en la soleada esquina, y observaba como la marea humana crecía conforme se acercaba el kilométrico cortejo josefino. Los vendedores de golosinas, de cromos, de afiches y de todas esas cosas que pertenecen de manera tradicional y de modo profano a nuestros cortejos, ofrecían con gritos destemplados su venta del día; los ramos florecían entre rezos y oraciones de las manos de los fieles y el corozo inundaba totalmente el ambiente, siendo interrumpido nada mas por el fragante olor de la tierra mojada que en una simbiosis que mas que mágica es espiritual, conformaba el aroma ideal de la Semana Santa.  Aletargado por los sonidos, los olores, los colores y las formas de la procesión, de inmediato me di cuenta de su bella presencia –y es que era imposible no hacerlo- y así, conforme el cortejo iba llegando con paso lento y hierático hasta esa esquina, ella se  quedo, empujada por la oleada innumerable de personas, cerca, muy cerca de mí; la fanfarria romana sonó en un estruendo que para el cucurucho es encanto y una tras una las estaciones del vía crucis desfilaron frente a mí y a ella, portadas por el gallardo y cincuentenario escuadrón de romanos.

Fue así, en el momento justo que el albo y balsámico humo del incienso nublo la bocacalle entera, que mis manos rozaron accidentalmente – les aseguro que fue sin intención- su espalda.  Tragedia. Ella se adelanto medio paso y luego de manera intempestiva se volvió hacia mi; y yo, espantado y avergonzado esperaba un reclamo furioso, una letanía de improperios que terminaran desde ese momento y para siempre, con aquel momento mágico, casi místico. Yo quería que la negra paletina, se levantara con el viento y me cubriera el rostro pero no sucedió de esa manera, en cambio su hermoso rostro contrariado por la incomodidad de la situación y perfilado señorialmente con su madrileña se torno aplacible, desplegando una franca sonrisa que se delineaba en unos bellos labios que enmarcaban una hilera de blancos dientes perfectísimos; con la risa escapándose por la comisura de su boca, bajó señorialmente su matilla hasta los hombros morenos dejando así a mi vista, de manera plena y total,  el espectáculo de su hermoso cabello lacio y negro mientras decía “El Señor viene lindo… ¿verdad?… me llamo Magdalena”, primorosamente me tendió su delicada mano enguantada que yo torpemente acerté a estrechar mientras me oía a mi mismo balbucear mi nombre, todavía confundido por la armonía perfecta y angelical que era –y es aún- su gentil voz.

Las notas de “Jesús Desamparado” rompieron el murmullo de la gente y los sonidos de la marcha me impidieron continuar conversando con ella. Yo dividí mis ojos entre la regia majestad del Rey del Universo y la tersa y morena piel de ella; me perdí en la angustia de los ojos de Jesús y en la serenidad de aquellos enormes y bellos ojos negros, apenas enmarcados con dos brochazos tímidos y gentiles de sutil maquillaje esmeralda, ojos que de repente se encharcaron en llanto conmoviéndome a mi totalmente; así en un atrevimiento que hasta hoy no he logrado entender, puse respetuosamente y tímidamente mi mano derecha enguantada de blanco sobre sus hombros y la consolé de una pena que solo ella conocía, pero que yo sentía mía también.  Compartí mis sentidos entre el olor del corozo, del incienso y el suave, tenue y fragante perfume que ella emanaba; me partí entre el gorjeo de los clarinetes en el trío de la marcha y el sollozo de su voz;  conllevé el estruendo del bombo y los platillos con el acelerado retumbar de mi corazón.  Ese Domingo de Ramos, fue perfecto y se me antojó eterno.

Magdalena se veía hermosa de blanco, el día que nos casamos en San José, diríamos…. A los pies del Maestro;  la ceremonia del sacramento fue el Sábado de Pasión del año siguiente; nuestra Luna de Miel se aderezó en las filas de la Procesión de San Bartolo, en la amada Antigua Guatemala; su bouquet de novia rebozaba estaticia y corozo y abandonamos el pequeño pero colosal Santuario al compás de “Mater Dolorosa”.  Que tal..? ! !  En fin, que les puedo decir fue un matrimonio cucurucho….

Nuestro amor y dicha continúa siendo una eterna luna de miel, allí en las filas de una procesión bajo el ardiente sol de Semana Santa, época en que celebramos cada aniversario con un brindis de súchiles frío, que nos servimos después de ver pasar a Jesús de San José, en aquella nuestra esquina, ese crucero en donde el amor nos tocó y nuestras almas se entrelazaron a ritmo de fanfarria romana… para siempre, desde siempre, desde aquel Domingo de Ramos, que marca para nosotros nuestro aniversario mas preciado y esperado.