a la soledad dominica


EN 2008 CON OCASIÓN DEL CENTENARIO DE VUESTRA COFRADIA Y

EN EL DÉCIMO ANIVERSARIO DE TU MAGNA CONSAGRACIÓN:

Por allí me he enterado que tu cofradía cumple su primer centenario en éste 2008 y que en éste año cumples también 10 años desde el dichoso domingo aquel  22 de febrero recibieras el óleo consagratorio.  Pero hoy, Dolorosa Mía, Señora de La Soledad no me interesa señalarte las fechas de efemérides que  todos nosotros con enorgullecemos de celebrar a tus pies, sino quiero contarte  lo que significas en mi existir, quisiera delinear lo que simbolizas en mi vida como padre y aterrizar en un intento, quizá infructuoso de describir la influencia que ejerces en mi vida de cucurucho. Así que ya ves, aquí estoy otra vez. Ando por acá, en tu casa que este año cumple doscientos años y que es tu palacio y el sepulcro de tu hijo, y como cada vez que entró a Santo Domingo, me voy en automático y como atraído por un imán hacia tu presencia en una reacción que es tan natural como inexplicable, intentaré clarificar mis ideas, ordenar mis sentimientos y encontrar la raíz de éste amor por ti, inenarrable e inacabable.

 

Te conocí desde niño, seguramente lo recuerdas mejor que yo, era aquel tímido patojo que allí estaba todos los Viernes Santos, en la orilla de la calle, de la mano de mamá y papá, casi siempre allá por la doce calle, cerca de las once de la noche, justo momentos antes de que regresaras a Santo Domingo; me impresionaba tu semblante de dolor y sufrimiento, ese desconsuelo tan humano y esa esperanza tan divina que se funden en tu pálido rostro; incongruencia de caracteres que te hacen ver sombríamente hermosa. Yo, niño de escasos años, al verte pasar frente a mi, llena de flores, ataviada de luto, con la luz amortiguada por el resplandor de estrellas y el destello de los tres clavos en tus manos, no podía explicarme como alguien pudo hacerte sufrir así; mi mente infantil, me hacía temer mas aún al moreno sayón, al Judas traidor y al escurridizo Poncio Pilato que ya antes habían desfilado ante mi, ya que de alguna manera u otra yo identificaba tu dolor con el papel que dichos personajes tuvieron en aquel primer jueves y viernes santo de la historia.  Me dolía tu dolor y más de alguna vez el corazón se me estrujo y los ojos se encharcaron al compás de una marcha fúnebre.

Siendo adolescente comenzó mi faena procesional en 1982, sin embargo mi participación en la Procesión de Santo Entierro, fue diferida hasta 1986; entonces deje de verte cada Viernes Santo, debido a que al ir en filas de los varones el verte pasar siquiera se convirtió en algo muy difícil. Debo confesarte que en muchas ocasiones me quedaba rezagado en la acera  para verte y cada vez me emocionaba igual que de niño y cada vez entendía mejor que ese sufrimiento y esa pena, en alguna medida la provocaba yo y entonces me daba cuenta que el Señor ya se había alejando mucho y que debía correr para poder alcanzar mi turno y así entre prisas y algunos empujones, en mi memoria quedaba tu angelical rostro y tu señorial presencia durante el resto de la noche, te quedabas grabada un poco cada vez mas en mi mente, en mi ser y en mi alma. Muchas fueron la noches de Viernes Santo en que mis manos enguantadas secaron lágrimas que se derramaban sobre mis mejillas, afectadas por el juvenil y terco acné. Con octubre, sobre todo en mis años de estudiante, cuando después de exámenes finales siempre había un momento para ir a Santo Domingo, llegaba otra ocasión de verte, con el fondo de los murmullos de mil rosarios recitados a La Reina, yo me deslizaba por la nave norte del templo y llegaba ante ti, la algarabía, la fiesta, la feria y la música se apagaba en ese instante y reinaba el silencio porque tú continuabas sufriendo.

 

Ya adulto y padre, mi identificación contigo fue enorme; me imaginaba que hubiese hecho yo si a un hijo mío lo trataran con todo lo que hicieron a Jesús, y solo pude admirarte mas y mas, solo me resultaba quedarme pasmado ante ti, entendiendo cada vez mas y mejor el papel de corredentora que te corresponde, en la historia de nuestra salvación. Fue en ésta época de mi vida, cuando me di cuenta que realmente te estaba abandonando. Es cierto que estaban las visitas ocasionales, algunas veces verdaderos momentos de meditación, otras de súplica y ruego y en ocasiones vistazos rápidos, raudos pero precisos e intensos, pero a pesar de ello yo sentía de manera íntima  te estaba dejando sola el Viernes Santo, yo se bien que tus amorosas hijas te arropan con muchísimo cariño, pero estoy seguro que esa noche sombría de Viernes Santo, te hace falta –aunque seguramente sea que tú me haces falta a mi- la presencia de éste tu mal hijo que le cuesta tanto vivir como un buen católico.

Quise remediar ese abandono, y así es como cada septiembre llego al atrio dominico, rogando que el cielo no llore y que tú detrás de tu hijo –como siempre- salgas a dar una vueltecita, para regocijo de quienes te queremos tanto; cortejo sencillo que permite al quedarse ubicado al centro del atrio, poder observarte en todo el trayecto, siendo un momento de encuentro contigo y por ti con Jesús Vivo. Pero hay una fecha que es especial, un instante litúrgico en que la necesidad que tenemos de tu consuelo es incuestionable; una ocasión en que tú, doliente y desolada, mitigas nuestro dolor y acompañas nuestra soledad; un día en que nosotros decimos que te acompañamos, pero que realmente eres tú quien se digna acompañarnos a nosotros; pocas horas en que pronunciamos para ti palabras de pésame, cuando en verdad eres tú quien nos consuela y reconforta. Desde hace ya 10 años cada Sábado Santo, con el cansancio de toda la semana acumulado,  no puedo faltar a la cita contigo, antes acompañado de mis niños que iban tras los pasos del sepultadito y hoy flanqueado de ellos convertidos en mis dos muchachos –ambos tremendos cucuruchos-que han aprendido a amarte como yo te amo, a seguir tus pasos como yo los sigo y que están irremediablemente enamorados de ti, como lo estoy yo, desde que era un niño.  Es por eso que éste 7 de septiembre, que se realiza tu procesión extraordinaria con ocasión de las efemérides que celebramos en éste 2008, allí estaré, en la orilla de la calle como cuando era niño, estaré esperando cruzar tu mirada con la mía, ansioso como en mis años de adolescencia y caminaré en filas, como desde hace tanto tiempo, esperando el momento sublime de llevarte en hombros y recibir tu caricia cariñosa en mi alma con el peso amoroso de tus andas.

 

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One thought on “a la soledad dominica

  1. Que hermoso lo que has escrito creo muchas personas nos identificamos con esos mismos sentimiento, la Soledad Dominica llega y se instala en el corazón de quien la conoce.

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