Añoranza (a mis amigos cucuruchos de hace tres décadas)

Antes, las cosas eran diferentes. No me refiero a situaciones de hace siglos, sino de unas tres décadas atrás; el cucurucho estaba deseando retirar los pastores del nacimiento para verle la espalda al tiempo de navidad e inaugurar así  su tiempo de gozo y algarabía y poner fin  a ese trayecto que se hace en medio de la desolación y el desierto, y que se abre al finalizar el Sábado Santo y que concluye en el jubilo de un Primer Jueves de Cuaresma mas, de una procesión del Silencio con la que se inicia todo.  Hoy ese escenario es pura letra muerta; porque Semana Santa es todo el año. Algunos cucuruchos dicen que es mejor, sí; que en junio leemos algún libro del tema, que en agosto vemos la entrada en San Felipe en la computadora y que basta un botón para que un DVD nos llene de magia, recuerdo y añoranza; hoy tenemos ventaja, ya que hasta al cucurucho exiliado se le permite que la nube de incienso llegue a Nueva Jersey o a California, a Atenas o Berlín y que repita el paso de su Jesús predilecto o de su Dolorosa consentida por las calles de su ciudad ya que todo ello se puede vivir en banda ancha en cualquier lugar del mundo.

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Pero no todo beneficio es gratis. Por eternizar la Semana Santa hemos pagado un precio que creo, es alto; es justo lo que cuesta una de aquellas sacudidas del alma que sentía el niño cuando empezaban las clases y se acercaba el momento de encontrar el incensario, orear la túnica y bajar ruedos en las mangas, para ajustar el crecimiento que en esa época es irreversible. Esa emoción de esas vivencias ancestrales, no tiene precio ni puede cuantificarse en parámetros de avance y modernidad.  

Es febrero. Hace un frío anormal. Antes, llegar al miércoles de ceniza y mucho mas hasta el Domingo de Ramos, era eterno. Los días eran una especie de túnel interminable, una perpetuidad que nos agobiaba el alma pero podía aliviarse y para eso vivían los tesoros que se guardaban en lo alto del closet o del viejo ropero. Allí estaban, en cuidadoso y meticuloso orden, sus turnos, sus recuerdos, sus vivencias, mil  tesoros arrancados de la nostalgia y conservados con el cariño sincero a sus imágenes; emoción creciente al acercarse el gran día ya que la cuaresma era la oportunidad de aumentar la colección.  Los viejos discos de acetato y los cassetes de los conciertos dominicos eran puestos en el reproductor y se oían gloriosos a todo volumen, ante la mirada severa pero condescendiente de mamá o de papa.

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Las cosas han cambiado, no sé si para bien o para mal, ese escrutinio está reservado al juicio del tiempo, ese que  no cambia y que sigue siendo el mismo, aunque nosotros lo calibremos diferente en este ir y venir vertiginosos de la vida de hoy.  Sí, ahora es Cuaresma todo el año. Inscripciones en línea y desde octubre, a cambio de la cola de inscripción fraternal, emocionante y entrañable y sobre todo exclusiva de los domingos de Cuaresma; información a un click de la pantalla, a cambio de la lectura pausada e inquietante de los pregones en los canceles antañones de los templos. Sí, ahora es Cuaresma todo el año. Un pulsar del reproductor y la colección inacabable de marchas en formato digital esta lista para ser disfrutada y compartida con los amigos.  Sí, ahora es Cuaresma todo el año. Días que se disfrazan de morado y de negro para derramarse a lo largo de todos los meses, a gusto y gana del cucurucho; salpicando de vivencias, de imágenes y de recuerdos, pero que  no perfuman tanto como aquel tiempo condensado en cuarenta y mas días vertiginosos, que al reventar en nuestro cortejo predilecto hacía saltar las barreras que ponían límite al gozo.

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Esos años, ya no volverán; hoy todo ha cambiado. Los cambios son irremediables, y sin duda positivos, pero todos tenemos derecho a un poquito de añoranza, a pretender que todo debió quedarse igual. Yo me beneficio de la tecnología y de los avances en los cortejos y en la Cuaresma como un todo, escribo este blog en una computadora y el disco duro de la misma está lleno de fotos, letras y marchas; me aprovecho de los avances y la tecnología, pero igual a veces me ataca la nostalgia y cuando eso me sucede, el recuerdo se impone.  Que mala suerte que no podamos encontrarnos de nuevo con ese tiempo en que aun usaba túnicas de satín, con ruedos altos para prevenir el crecimiento de los noveles cucuruchos, es una lástima que no podamos reencontrarnos ese muchacho inquieto que añoraba una procesión como nada mas en la vida y que tímido y casi loco buscaba en los pliegues de la paletina guardada en el cajón izquierdo, el rastro eterno de la nube de incienso que lo cubrió el Viernes Santo pasado.

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