Textos Ajenos 4: ¿Quién Diría…?

 

Por Juan Luis Martínez Chuy.

Quién diría? Ya más de 30 años de hacer todos los años lo mismo. El mismo ritual, la misma indumentaria, la misma rutina. Revestirse de la morada o negra túnica, lustrar los zapatos, afeitarse y salir a la calle; a las  calles de siempre, las mismas marchas, las mismas andas, la misma comida, los mismos amigos. Para quien desconoce, pareciese que es lo mismo, pero se decirles que cada año es diferente. Cada Semana Santa se siente una renovación, parece como que fuera la primera vez,  Lo que no cambia es la devoción, la ilusión y el sentimiento de poder repetirlo y decir como siempre al finalizar el último turno: “Aquí estoy Señor, gracias por este año  y espero me des licencia para acompañarte el próximo”

 

Hay cosas que han cambiado, unas para bien otras a saber. Nuevas formas de inscripción, más devotos cargadores, mejoras en la iluminación de las andas, facilidades para tener mejores fotografías y videos, etc.  Pero yo, añoro la Semana Santa con la que empecé. La de los recorridos más cortos, la de menos turnos de media cuadra, la de menos bullicio y más devoción. Las Semanas Santas más tranquilas, sin tanto correr, sin tanta preocupación de donde parquear el carro,  las de las procesiones en donde podías cargar dos veces.

 

Pero también, yo he cambiado. Ya no tengo la misma energía y aguante de antes, para poder estar desde la salida y acompañar hasta la entrada. Ahora he cambiado los acompañantes, antes mi hermano y los amigos y ahora los hijos y los sobrinos. Antes, el jolgorio y la algarabía; ahora el silencio, y reconozco que me he vuelto algo cascarrabias con los patojos  o con quienes  hacen relajo en el cortejo, cuando no me pongo a pensar que yo talvez lo hacía igual.

Hay momentos en los que he pensado como se dice “tirar la toalla”, he llegado a pensar: ¿Hasta cuándo? Y si lo analizo fríamente me digo: “ Juan Luis, ya es suficiente…” ya has cargado lo que has querido, has oído las marchas que más te gustan, las veces que se has deseado; has visto y vivido momentos inolvidables, adornos majestuosos, celebraciones históricas, consagraciones, conciertos; has tomado infinidad de fotos, has filmado y almacenado muchos videos, has guardado gran cantidad de cartulinas de turnos, programas, revistas, afiches, cassettes, discos, videos, estampitas, cromos, pines, monogramas, tantos que ya no te caben en las cajas de tu ropero. ¿Qué te falta por hacer o por vivir? ¿Cargar una salida o una entrada? … No, realmente no me hace falta nada, estoy contento y satisfecho con lo que he vivido y experimentado, no me puedo quejar, soy un cucurucho que se considera pleno; pero es imposible dejarlo. Es como una adicción, es como algo de lo que no te sacias nunca, siempre habrá algo más por vivir, siempre habrá algo más que experimentar.  No lo puedo dejar, no lo quiero dejar, quiero morir cucurucho; quiero, si Dios me lo permite, acompañarlo hasta el último de mis días.  Se que  probablemente llegará el momento en que físicamente ya no pueda, uno nunca sabe, pero hasta que Dios lo permita seré cucurucho.  Si llega el momento o las circunstancias, probablemente solo lo veré pasar en la calle, o lo acompañe algunas cuadras, pero igual, seré feliz y viviré de los recuerdos y la nostalgia. Me abrazaré a mi cajita de recuerdos y espero que mi mente y mi memoria estén lúcidas y que  me ayuden a revivir los grandes momentos que viví, los mejores momentos que he vivido como cucurucho.

 

¿Hasta cuándo?.. La respuesta es simple: No sé.  Pero solo sé que estaré listo y en paz para dejarlo…

 

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