MARCHERO…. (el amante de la música fúnebre)

Lo primero que ve, es con que marcha le toca; y no es que sea un superficial que se deja llevar solamente por las cosas externas, sino que mi amigo cucurucho, el melómano, es verdaderamente un amante de las marchas fúnebres procesionales.   Todos los cucuruchos gustamos de las marchas, ya en alguna ocasión me referí a ello y señalaba que en mi opinión no se puede ser cucurucho y que no nos gusten las marchas fúnebres; sin embrago hay devotos cargadores que tiene una afición especial por las marchas y que van desde el simple coleccionista de cuanta marcha se haya grabado hasta aquel que tiene 5 o 6 versiones de una marcha, en las cuales aunque sea la misma, suena diferente.

El cucurucho melómano, es aquel que no se pierde un solo concierto, que se embelesa en cada marcha que suena en los templos y que de alguna manera, con el tiempo entiende que cada templo tiene una acústica diferente y que las marchas suenan distinto en la Recolección que en La Merced, por ejemplo; el cucurucho “marchero” es aquel que muchas veces en grupo que se va caminando atrás del anda, pendiente del programa, que disfruta con sus amigos de cada interpretación y que para sus adentros piensa “lástima que no se puede aplaudir…” es aquel que sin hablar se hace cómplice del señor de la tuba y saluda efusivamente al muchacho del pícolo; es aquel al que se le permite ir allí donde le gusta por los encargados del orden de la Banda, que le entienden y saben que para él las marchas son en buena medida una parte fundamental de una procesión.

Para el melómano, no hay año litúrgico, en agosto, por ejemplo en plena fiesta patronal de la ciudad, su vehículo va tronando con “La Fosa”; y la cena de navidad es amenizada con “El Llanto de la Virgen”; y no exagero, hay cucuruchos que se despiertan con los acordes de “Cruzados de Cristo” y conozco a mas de alguno que suele almorzar en su oficina, con los audífonos puestos escuchando una y otra vez “Jesús de San Bartolo”.   Hay otros en cambio que les gusta la expectativa, que no escuchan marchas sino hasta el Miércoles de Ceniza, y de allí ya no paran hasta que la nostalgia se va diluyendo en los días posteriores a la pascua, para fenecer definitivamente en el adviento.   Algún cucurucho, elige una marcha cada año y la hace “su oficial”, es decir la que continua y repetidamente escucha, hasta desentrañar el sentimiento del compositor y aprenderla prácticamente de memoria; otros más se auto retan y utilizando el suffle del reproductor de la computadora, juegan a vencerse a si mismos y tratar de identificar cada marcha, por su nombre, su autor, o la imagen a la que ha sido dedicada.  Con eso de las dedicatorias y la adjudicación de las marchas a determinada imagen, para el cucurucho que sabe de marchas, ese es un dato anecdótico más, es decir la marcha tiene su validez, en el goce estético que produce y no en sus orígenes o dedicatorias, aparte de ellos, haya adjudicaciones caprichosas y sin fundamento, además de las que contra todo documento o declaración del autor, el pueblo, el cucurucho la asigna a un cortejo y a una imagen, que es lo que al final de cuentas importa.

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